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El pasacalles del gaitero la víspera del día grande, en ocasiones con el acompañamiento de los danzantes y coincidiendo con el volteo de campanas y el disparo de cohetes, anunciaba antiguamente el comienzo de las fiestas. Al margen de los pasacalles acompasados por el entrechocar de palos y espadas, la melodía de gaita más recordada para este momento se conoce en diversas versiones y bajo diferentes nombres en muchos pueblos de la comarca. En Sariñena, conocida como “La jota de Alcolea” y “El vals de las viudas”, también es utilizada para el volteo de volantes en el dance y para el acto de “El recoger”. En La Almolda, El Brujo tocaba una hermosa variante con ritmo irregular. También en Tardienta los danzantes recorren las calles de la población “recogiendo” de los vecinos donativos al son de esta melodía, a la que han puesto letra:

Danzante me he puesto este año
pensando que me querías;
ahora que me ves de blanco,
ni me quieres ni me miras. Continuar leyendo…

Pocos bailes populares de la comarca acompañados por gaita resistieron el embate de la modernización. La jota de la calle baja o Baile de la gaita en Bujaraloz, recientemente recuperada es uno de ellos. La fiesta de la Virgen de las Nieves que se celebra en la calle Baja de Bujaraloz cada 5 de agosto conmemora el final de una epidemia de peste que asoló al pueblo. Los viejos explican que a la altura de la llamada “casa de las Pías” se construyó una pared a lo largo de la calle que logró frenar el avance de la feroz epidemia. A partir de entonces los vecinos de la calle Baja se encomendaron a la Virgen de las Nieves y para recordar cuál fue el lugar exacto donde se contuvo la terrible plaga, el baile se efectuaba la víspera de la fiesta delante de esa casa y en cuya bodega se situaba el gaitero. A través de uno de los respiraderos de ésta se oía la música con la que se acompañaba el baile por parejas, generalmente de casados, interpretado con pitos a la luz de unos tederos (soportes de metal con teas). Cabe suponer que este tipo de bailes estarían más extendidos antiguamente y, en muchas ocasiones, fueron asimilados por el dance.

La seguidilla es un género de baile emparentado con el fandango y la jota que, por la pujanza de ésta, en Aragón ha dejado escasos ejemplos. Las seguidillas de Leciñena se bailan en honor de la Virgen de Magallón por varias parejas ataviadas con el traje regional y acompañadas por rondalla. Muchos grupos folklóricos incorporaron esta danza a sus espectáculos con la coreografía elaborada por Isabel Zapata y el grupo de la Sección Femenina en los años cuarenta del pasado siglo.

Cuando las nuevas modas de baile llegaron a la comarca, los gaiteros adaptaron como pudieron el nuevo repertorio al instrumento para evitar quedarse sin parroquia. A Albalatillo y Usón acudía Vicente Capitán, gaitero de Sariñena, para tocar en el baile valses, pasodobles, mazurcas y jotas. Hay memoria de otros gaiteros en el mismo cometido, como El Rey de Sariñena, que tocó en bodas y bautizos, dentro y fuera de la iglesia, y para fiestas y celebraciones. También El Brujo de La Almolda y el tío Senén de Castejón contaban con la habilidad de sacar de oído toda la música de moda que escuchaban para hacer bailar a sus coetáneos.

Independientemente del instrumento con que se tocaba, todas las sesiones de baile, también las interpretadas con gaita, terminaban con una jota. Esta costumbre se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días, aunque los rasgos peculiares del baile, si los hubo, quedaron desdibujados.

Poco a poco, los nuevos instrumentos (clarinete, violín, acordeón…), agrupaciones (bandas, orquestinas y rondallas) y los instrumentos de música mecánica (pianolas y gramolas) fueron desplazando a la gaita de plazas y salones, hasta especializar su función en el acompañamiento del canto y de los dances.

En los Monegros el gaitero es un personaje especial, rodeado casi siempre de un aura de misterio y depositario de una serie de secretos transmitidos oralmente en el seno de la propia familia. Los propios gaiteros se encargaban de alimentar esa imagen misteriosa y distante, con el fin de evitar la competencia en una actividad que si bien no les permitía dedicarse a ella en exclusiva, era un complemento económico indispensable en épocas de escasez. La dificultad para conseguir la gaita, heredada, comprada o construida con las propias manos, y la complejidad de su funcionamiento y puesta a punto (la construcción de las pitas y cañas, la impermeabilización del boto, la afinación) acentuaban el carácter mágico y reverencial del instrumento. Continuar leyendo…